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DOS EJEMPLOS DE SIMBOLISMO EN LA SANDALIA FEMENINA


DESDE LOS RITUALES MISTÉRICOS DEL ANTIGUO EGIPTO HASTA EL BAILE DE "LA CENICIENTA

Al hablar de errores de traducción, nos viene ante todo a la mente el surgido al confundir antaño con un ave –-¡el Ave Fénix!— lo que era en realidad la semilla de una palma y crear así una de las figuras redentoras más bellas de todos los tiempos.[1]

Asimismo, se ha considerado otro “error feliz” el descuido del traductor que en la Francia de siglos pasados en lugar de leer pantoufles de vair, leyó pantoufles de verre y, con el vocablo glass, inmortalizó en el mundo anglosajón y en muchos otros países esas "zapatillas de vidrio" de la fregona Cenicienta que, en honor a la verdad, eran de fina piel de marta[2]. La frecuencia de uso y la belleza de la imagen hicieron el resto. El Ave Fénix y las zapatillas de cristal llegaron para quedarse.
En el caso que nos ocupa -–el calzado— un milenario simbolismo proveniente del Antiguo Egipto debe haber ejercido también una influencia velada en el protagonismo de la sandalia, directamente asociada aquí con pie, pisadas, recorrido, huellas, todo ello asociado a la polisemia de uno de los símbolos más conocidos, excelsos y reiterados a lo largo de su vieja y sabia historia: la cruz Ankh.

Como signo de la escritura jeroglífica, el concepto del Ankh –por lo general sostenido como cruz en manos de los iniciados en estos rituales religiosos secretos, así como de sus neteru o dioses— posee diversas acepciones que, de un modo u otro, se relacionan entre sí: Vida; espejo de cobre con el poder de “atrapar la luz celestial”; trigo (alimento esencial); corona o ramillete de flores, y, entre otros, tira de sandalia (vista desde arriba), conformando un modelo utilizado hasta nuestros días que resulta fácil identificar.[3]
Para poder enlazar estas nociones fundamentales del Ankh, es necesario decir que la imagen de espejo fue utilizada en el Antiguo Egipto como indicadora de dualidad, de polaridad no excluyente y que ese propio objeto de tocador se vinculaba con Hathor, la diosa del Amor. Que el trigo denotaba pureza, la cotidiana emblematizada por el pan. Que el ramillete de flores evocaba la de la vida y que las sandalias, por la relevancia del propio recorrido iniciático de estos misterios, llegó a identificarse con el pie significando la dirección correcta que debía tomarse en cualquier ocasión: así, todo aquel que buscase elevar su espiritualidad y alcanzar la solarización u Osirificación, debía marchar por terrenos limpios y transitar siempre por el buen camino. Sólo así podría alcanzar la Vida eterna.

El egiptólogo Christian Jacq cuenta al respecto que, en una conversación sostenida con el célebre físico Fritjot Capra, éste le preguntó cómo los egipcios definían la “Vida”. Jacq le habló de la “tira de sandalia” y Capra, sorprendido, le comentó que una reciente teoría desarrollada por varios físicos denominaba “bootstrap”[4] al fenómeno de la “vida” ,[5] No es casual la asociación: la pierna, el pie y el calzado conservaban su sentido original de energía humana plasmada en la acción, en el andar...

La sandalia egipcia, por añadidura, era considerada uno de los “mágicos nudos” de Isis, toque divino éste que, sin embargo, no le quitó jamás a esta prenda de calzado hecha con fibras de papiro, el aspecto humilde que observamos en las manifestaciones artísticas llegadas hasta nosotros.

En cuanto a “La Cenicienta”, se cree que haya sido la antigua Persia el lugar de origen de la historia de la Cenicienta y que, de ahí, pasase al Egipto y sucesivamente a Grecia, Roma y al resto de Europa donde, en Alemania, fue contada incluso por los hermanos Jacobo y Guillermmo Grimm. Se sabe que entre los siglos XVII y XVIII, Charles Perrault y la condesa Mme. De Aulnoy, basados a su vez en las obras del italiano Giovanni Francesco Straparola, recrearon --como ya había hecho este en el siglo XVI-- viejos mitos y leyendas tomados del Oriente que los mencionados autores franceses adaptaron a los intereses de la corte de Luis XIV --tarea, por cierto, en la cual Perrault participó de manera activa. Y cabría preguntarse si Perrault, de haber tenido conocimiento de la errónea traducción del francés al inglés del vocablo "vair" por "verre" hubiese o no aceptado el nuevo simbolismo impuesto de manera probablemente involuntaria a esas zapatillas de la joven que, de hecho, constituyen el eje en torno al cual se desarrolla la trama del relato y, finalmente, el desenlace.

En lengua francesa, el término vair --derivado del latín varius--, alude tanto a la piel del vero o marta cebellina como a un tipo de esmalte de tonalidad plateada y azul que solía aplicarse para embellecer los escudos heráldicos. Por su parte, el término verre --derivado del latín vitrum-- conserva, en su polisemia, el atributo de limpidez y transparencia que lo convierte en uno de los elementos más utilizados en las narraciones de todos los tiempos como emblema de pureza y, sin embargo, también de fragilidad.
Este carácter dual del vidrio respondería a símbolos antiquísimos cuyas raíces se hunden en el viejo Egipto, faraónico e incluso pre-faraónico. Allí, al igual que en otras culturas de esencia solar, la elevada espiritualidad buscada en sus Misterios debía preservarse a toda costa, pues dada la fragilidad de la condición humana, podía correr el riesgo de perderse en un instante de debilidad, de negligencia, de abandono, representado por ese vulnerable "Talón de Aquiles" que, como parte de nuestra anatomía, acompaña cada uno de nuestros pasos.[6]
No es casual, entonces, que fuese precisamente "el pie" de la hermosa y pobre Cenicienta[7] lo que se tomaría como prueba irrefutable de su inequívoca identidad, tan válida aquí como sus propias huellas digitales. El pie exacto, la zapatilla con la medida exacta y después el amor y la dicha exactos por los siglos de los siglos.

Quizás nunca lleguemos a saber, empero, si el error del traductor fue o no premeditado. Quizás nunca lleguemos a saber si prefirió la noble y sencilla transparencia del cristal a la índole aristocrática de la piel de marta o de los escudos heráldicos. Quizás nunca lleguemos a saber si en realidad desconocía lo que posiblemente fuese su lengua materna o si fue una simple desatención la causa de semejante cambio de sentido.

Lo que importa destacar es el simbolismo que, en estos dos ejemplos, asumieron la sandalia egipcia y la zapatilla de la pobre muchacha convertida –¡por obra y gracia de dicho calzado!— en una dichosa princesa. Y a pesar de que en esta historia el “material” del cual está hecha la zapatilla tiene un incuestionable protagonismo, no por ello perdió su carga conceptual inicial: el de marchar por el buen camino, la “tira de sandalia”, la cruz Ankh.





BIBLIOGRAFIA

Jacq, Christian. Fascinating Hieroglyphs, Starting Publishing Co, Inc. , New York, 1996.

Revista ULTRA. Mensuario de Cultura Contemporánea. Número 78, febrero 1943. (Director: Fernando Ortiz).

Número 34, abril 1939.

Unamuno, Miguel de. Soliloquios y Conversaciones. Colección Austral, Espasa-Calpe, S.A., 1956.

Valbuena. Diccionario Latino-Español y Español-Latino. Librería de la Vda. De Ch. Bouret, París, 1939.

Wilkinson, Richard H. Reading Egyptian Art (A Hieroglyphic Guide to Ancient Egypt Painting and Sculpture), Thames & Hudson, London, 1992.





ANEXOS

[1] Miguel de Unamuno. Soliloquios y Conversaciones, pág. 10 y ss.

[2] "La zapatilla de la Cenicienta", Revista ULTRA, Op. Cit., pág. 126.

[3] Christian Jacq. Fascinanting Hieroglyphs, pp.45-47.

[4] ”Tirante de la bota”.

[5] Ch. Jacq, Op. Cit., pág. 45.

[6] El tema del simbólico "Talón de Aquiles", así como la presencia del "muslo", "pierna" y "pie" en el interior de la Gran Pirámide es tratado por la autora en su ensayo inédito, de ca. 325pp, titulado La Gran Rueda (Una lectura decodificatoria de la Espiritualiad en los Misterios del Antiguo Egipto), publicado en un resumen en 5 partes por la revista electrónica “Al Filo de la Realidad” (AFR). Igualmente, obsérvese en el Nuevo testamento el simbolismo del lavado que hace Jesús de los pies de sus discípulos.

[7] Tanto en castellano como en otras lenguas, el nombre de la muchacha –sirvienta hácelotodo-- deriva de la “ceniza” producida en los fogones junto a los cuales pasaba largas horas en sus labores de cocinera. Licenciada Julia Calzadilla Núñez jcn@cubarte.cult.cu


Licenciada Julia Calzadilla Núñez (jcn@cubarte.cult.cu)






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